lunes, 23 de enero de 2012

Lunatica ;


Pintabas para reina y hoy ya ni mostrás las piernas,
sos el blanco de las pajas de los que se conformaron con migajas,
sos la eterna compañera a los que todos la cagan con cualquiera.
Decime que carajo te creíste
si nunca fuiste mucho más que un chiste,
sin gracia, ni talento, apostabas a tu esfuerzo...









A veces el bajón pinta.

sábado, 21 de enero de 2012

¿Repetición de tipo?

¿Qué quiero decir con eso de "repetición del tipo"? Habrán observado qué desagradable es
encontrarse con alguien que a cada instante guiña un ojo o tuerce la boca. Pero, ¿imaginan a todos esos individuos reunidos en un club? No hay necesidad de llegar a esos extremos, sin embargo, basta observar las familias numerosas, donde se repiten ciertos rasgos, ciertos gestos, ciertas entonaciones de voz. Me ha sucedido estar enamorado de una mujer (anónimamente, claro) y huir espantado ante la posibilidad de conocer a las hermanas. Me había pasado ya algo horrendo en otra oportunidad: encontré rasgos muy interesantes en una mujer, pero al conocer a una hermana quedé deprimido y avergonzado por mucho tiempo, los mismos rasgos que en aquella me habían parecido admirables aparecían acentuados y deformados en la  hermana, un poco caricaturizados. Y esa especie de visión deformada de la primera mujer en  su hermana me produjo, además de esa sensación, un sentimiento de vergüenza, como si en  parte yo fuera culpable de la luz levemente ridícula que la hermana echaba sobre la mujer que tanto había admirado.
[...] He notado que la gente no da importancia a estas deformaciones de familia. Debo agregar que algo parecido me sucede con esos pintores que imitan a un gran maestro, como por ejemplo esos malhadados infelices que pintan a la manera de Picasso.
Basta examinar cualquiera de los ejemplos: el psicoanálisis, el comunismo, el fascismo, el periodismo. No tengo preferencias; todos me son repugnantes. Tomo el ejemplo que se me ocurre en este momento: el psicoanálisis. El doctor Prato tiene mucho talento y lo creía un verdadero amigo, hasta tal punto que sufrí un terrible desengaño cuando todos empezaron a perseguirme y él se unió a esa gentuza; pero dejemos esto. Un día, apenas llegué al consultorio, Prato me dijo que debía salir y me invitó a ir con él:
—¿A dónde? —le pregunté.
—A un cóctel de la Sociedad —respondió.
—¿De qué Sociedad? —pregunté con oculta ironía, pues me revienta esa forma de emplear el
artículo determinado que tienen todos ellos, la Sociedad, por la Sociedad Psicoanalítica; el Partido,
por el Partido Comunista, la Séptima, por la Séptima Sinfonía de Beethoven.
Me miró extrañado, pero yo sostuve su mirada con ingenuidad.
—La Sociedad Psicoanalítica, hombre —respondió mirándome con esos ojos penetrantes que
los freudianos creen obligatorios en su profesión,  y como si también se preguntara: "¿qué otra
chifladura le está empezando a este tipo?"
[...]

Luego salimos y fuimos en automóvil hasta el local. Había una cantidad de gente. A algunos
los conocía de nombre, como al doctor Goldenberg, que últimamente había tenido mucho renombre a raíz de haber intentado curar a una mujer los metieron a los dos en el manicomio. Acababa de salir. Lo miré atentamente, pero no me pareció peor que los demás, hasta me pareció más calmo, tal vez como resultado del encierro. Me elogió los cuadros de tal manera que comprendí que los detestaba.
Todo era tan elegante que sentí vergüenza por mi traje viejo y mis rodilleras. Y sin embargo, la
sensación de grotesco que experimentaba no era exactamente por eso sino por algo que no
terminaba de definir. Culminó cuando una chica muy  fina, mientras me ofrecía unos sandwiches,
comentaba con un señor no sé qué problema de masoquismo anal. Es probable, pues, que aquella
sensación resultase de la diferencia de potencial entre los muebles modernos, limpísimos,
funcionales, y damas y caballeros tan aseados emitiendo palabras génito-urinarias.
Quise buscar refugio en algún rincón, pero resultó imposible. El departamento estaba atestado
de gente idéntica que decía permanentemente la misma cosa. Escapé entonces a la calle. Al
encontrarme con personas habituales (un vendedor de diarios, un chico, un chofer), me pareció de
pronto fantástico que en un departamento hubiera aquel amontonamiento...

Ernesto Sabato / El túnel